Soy el personaje de una novela que saldrá a la venta en septiembre. Hasta entonces viviré un rato aquí.

viernes, 24 de noviembre de 2006

Por preguntar que no quede

Leo: si me alejo de la realidad es que la acepto y entonces no tengo nada que decir. Pero no estoy de acuerdo. Casi siempre quiero escribir sobre cosas que no pertenecen a la realidad. Porque la temo. No es que la acepte; sino que la temo (y a lo mejor por temerla… aunque, ¿temer qué?, ¿una represalia?, la acepto por no quedarme más remedia). (O sea, temo a la realidad y temo a demasiadas cosas.) En lugar de enfrentarme procuro irme de puntillas sin que ella me vea, me pongo a canturrear en el papel (esto es en silencio total), pero desafino,

y vuelvo a caer aquí en la realidad a la que sólo sé aceptar. No sabría discutir con ella. (A veces pienso que me enseñaron demasiada sumisión, tanta que aún voy dormida, sonámbula, a saludar a quienes sé que me critican por no enfrentarme: la anestesia que me pusieron de niña, de efectos tan prolongados que ni sabemos, es perfecta para sobrevivir al silencio que me absorbería si no hiciera esto. Como no puedo hablar, porque la anestesia tampoco me lo permite, y sin hablar no evoluciono, escribo aunque alejada de lo que es escribir. Ya lo he dicho: sigo en la infancia; lejos de la madurez de la novela, de la sabiduría del poema, de la perfección del cuento.)

Me veo en la obligación de soltar el bolígrafo, abandonar al instante el papel. Pero nada puede evitar que sienta una doble culpabilidad: por haber intentado irme de donde no se puede (yo soy yo y soy una niña anestesiada), por haber evidenciado por enésima vez lo mala que soy para esto. ¿Por qué no puedo escribir un cuento como Emily, de Faulkner, y luego emborracharme y dar una vuelta por los establos?

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